sábado, 25 de diciembre de 2010

ENTREVISTA : GABRIEL GUDDING / UNA POÉTICA DE LO REAL



AC: “Una Defensa de la Poesía” es un libro bastante irónico –y ciertamente no se parece a un típico primer libro de poesía en el que el autor está aún definiendo sus intereses y poéticas; sino que por el contrario, parece planteado como un producto cultural pensado para interferir un determinado status quo poético. Lo escribiste explícitamente con esa intención o dirías que mi percepción es el resultado de cómo “naturalmente” se formó ese libro al publicar tus textos como un conjunto?

GG: Sí, lo escribí realmente con esa intención, la de frustrar muchas ideas/nociones/expectativas habituales sobre la poesía. Pero esa intención fue algo natural en mí. Simplemente estaba cansado de ver las mismas fórmulas emocionales repitiéndose en un poema tras otro, especialmente cuando tanta poesía se sustenta y se protege mediante una retórica violenta. Así que tomé un viejo título que habla de la naturaleza violenta y contenciosa de la vida literaria (“Una Defensa de la Poesía”) y especialmente de la vida de la poesía, y le modifiqué la intención. El primer poema del libro es de hecho un insulto al lector de 1.500 palabras. Me pareció que lo primero era rechazar directamente al lector, desde el principio. Quería alejar al lector de la forma más persuasiva y agradable que pudiera. Y todo eso lo sentí como lo más natural del mundo. Mi esperanza era, en parte, criticar, satirizar, la naturaleza violenta de la retórica con que los poetas se enfrentan mutuamente y defienden sus propios trabajos, pero también satirizar nuestra propia, endémica, falta de amabilidad. O sea que gran parte del libro es una meditación sobre la violencia simbólica –y sobre la violencia abiertamente física y política también. Al escribir eso tenía la esperanza de hacer que esa fealdad, ese mal gusto, esa violencia, pudieran ser algo acogedor y persuasivo y encantador. Y de todos modos el intento fue muy divertido. Me alegra que vos también lo hayas disfrutado, Aníbal.

AC: Gabriel, según entiendo, en tu libro “Rhode Island Notebook” decidiste incluir elementos tradicionalmente dejados de lado en poesía, o presentados únicamente después de una estilización. Creés que la “existencia real” de esos elementos –como las señales de tránsito que copiaste- pueda ser un factor que condicione parte del valor poético del libro? Y yendo más lejos –pero en el mismo sentido, espero-: creés que la lectura de “Rhode Island Notebook” o parte de su valor dependa de la veracidad de las condiciones biográficas (los cuadernos de notas escritos en la ruta, tu divorcio, los viajes para ver a tu hija) que funcionan como marco del texto?

GG: “Sí” a cada una de las preguntas. Sí, es posible. Pero solamente porque el “valor poético” es un concepto escurridizo: la valoración es un proceso más sociológico que literario. Si yo estuviera tratando de demostrar algo con “Rhode Island…” acerca de las políticas y la psicología de la estética, sería exactamente eso: que nuestras mentes, nuestras culturas, pueden catectizar prácticamente todo y que de esa catexis nada de lo real está exceptuado. Lo que los artistas hacen (si es que somos artistas) es recordarnos que esa capacidad de asombro puede habitar –y habita- cada momento, cada realidad, y no simplemente aquello que ha sido seleccionado como estéticamente excepcional - y cuya excepcionalidad estética es, además, un supuesto requisito de la experiencia “artística”.

Pero otra respuesta posible para tu pregunta acerca de la existencia real y de lo biográfico (“Creés que la “existencia real” de esos elementos… pueda ser un factor que condicione parte del valor poético del libro?”) es: espero que sí. Las variantes modernistas, postmodernas y lamentablemente post-vanguardistas de la noción de que la poesía está exceptuada de lo real y toda la estela de problemas derivados de ahí (que lo real es una dimensión “menor” comparada con la imaginación, o que lo que una persona es –su biografía, política, ética, acciones— está subordinado a su arte, o es irrelevante en relación a éste) presentan una idea que, aunque ubicua y bien recibida entre artistas, es completamente falaz y, agregaría, abiertamente estúpida. En las historias literarias recientes tanto en Norteamérica como en Europa, estamos siendo repetidamente instados a pensar la poesía como algo ética y políticamente ineficiente (incluso la poesía “política”): ya sea Archibald MacLeish insistiendo con que “Un poema no debe hacer, sino ser”, o Alan Tate opinando que “la poesía encuentra su verdadero uso en su perfecta inutilidad”, ya que “no pretende nada fuera de sí misma”, o más recientemente, John Ashbery, insistiendo en The Nation con que la poesía no tiene que tener nada que ver con la política o con los problemas del mundo. O, el otro día, Kenneth Goldsmith asegurando que la excepcionalidad de la poesía reside en que “puede tomar una posición no-ética y probar qué significa eso sin tener que soportar las consecuencias de una investigación llevada a cabo en el mundo real.” 
La poesía, es, en una palabra, sagrada para esas personas. Gente así postula un excepcionalismo estético. Es la misma mentira vulgar y adolescente proferida por todos los explicadores de lo sagrado. Esta particular variante de la mentira dice que la imaginación/la poesía/el arte es un locus trascendente donde todo está bien, un sitio donde hay seguridad y orden en la suprema ficción o el experimento supremo: la poesía es un oasis y un poema es una especie de Monumento a Wallace Stevens al que uno hace visitas fugaces- y el lugar del poeta, en ese orden, es el de un ser especial. Para nada. En palabras de Audre Lorde, “La poesía no es un lujo”, sino la “luz bajo la cual inspeccionamos nuestras vidas.” Tenemos, creo yo, que mantener nuestro lenguaje y nuestras ideas arraigadas a lo material. Cualquier otra cosa es obscena. Un buen ejemplo de un libro que hace esto que estoy proponiendo es La Vaca de Ariana Reines, una mezcla de ensayos y poesía que dibuja un interrogante escalofriante sobre las conexiones entre las nociones de femineidad, ser humano y maternidad mamífera, y la fascinación de la cultura occidental por matar y comer vacas.

AC: Creo entender lo que decís acerca del excepcionalismo estético. Mi duda tiene más que ver con la idea de que lo que entiendo (probablemente por un error mío) como una oposición entre materialidad e imaginación en tu respuesta: no creés que la imaginación puede ser entendida también como uno de esos elementos “reales” de los que decís que la poesía se tiene que ocupar –en el sentido de que la imaginación es uno de los ejes más frecuentes que la gente usa para crear las representaciones de sí misma, de sus vidas, de su relación con el mundo –y sus esperanzas? Y no sería incluso la imaginación un elemento políticamente crucial (pensando ahora en “L’imagination au pouvoir”) cuya supresión de la práctica poética resultaría en una literatura absolutamente mimética –una repetición infinita de las formas existentes? Por cierto, hablando sobre este tema, uno de tus lectores me decía que “cuando lo real implica un registro de Nancy Reagan transformada en águila y dando vueltas en lo alto, Gudding prueba que la autobiografía –entendida como los “hechos reales”- es imposible”, ya que la ficcionalización (imaginación) resulta ineludible. Cómo ves el tema?

GG: Temo que más que responder tu pregunta estuve usándola para despotricar sobre un tema que la pregunta me trajo a la cabeza. Típico de mí. :)

Entiendo tu pregunta, y creo que apunta a algo muy importante. Lo que intentaba decir no era tanto que lo real y la ficción sean separables, ni que la imaginación no sea valiosa, sino que ha habido una tendencia, en poesía, como género, que implica que la imaginación debe ser tratada como una cualidad trascendente. Mi corazonada es que la imaginación no es realmente una cualidad verificable y conocible ni una capacidad mental discernible, sino simplemente el resultado perceptible de modos particulares de escribir, de examinar lo real. Un resultado perceptible al cual, por algún motivo, tendemos a valorizar. Prefiero resistirme a eso porque tengo la idea de que valorizar la imaginación lleva a una escritura estilizada. Una referencia obligada para mí sobre ese tema es la insistencia de Shklovsky acerca de que es precisamente la escritura que trabaja la extrañeza, y no la escritura mimética, la que nos ayuda a tocar lo real. Necesitamos continuamente renovar esa extrañeza en la escritura porque tendemos permanentemente a vivir, percibir, escribir y leer cada vez más en forma automática, rutinaria y estilizada. O sea que con “lo real” no me refiero tanto a un conjunto de fenómenos externos observables operando por medio de leyes y reglas conocidas, ni con “la imaginación” quiero aludir al vuelo de la fantasía, etc.

Mi idea no es que debamos renunciar a ciertos tipos de escritura cargados de imaginación en favor de un realismo descarnado, sino que podría sernos de ayuda prestar atención a lo que Pierre Bourdieu dice acerca de las funciones del arte: que tiende a “fetichizar” al artista, a la imaginación y a la técnica con el objetivo de estimular el mercado de bienes simbólicos. Esto es importante, nos dice Bourdieu, porque en esa lucha mercantil para obtener reconocimiento, los artistas tienden a la larga a vaciar su arte de todo contenido socialmente relevante, transformándolo en algo estilizado, ajeno, y menos relevante socialmente. En términos shkovskianos, el arte se convierte en algo menos efectivo, menos capaz de hacer que la piedra sea nuevamente pétrea.

Además, siempre pensé que Nancy Reagan se parecía a un águila en ruinas. De un modo muy real.









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