AC: Cómo empezaste a escribir?
En aquel tiempo mítico de la infancia, todos cantaban. Las mujeres y los hombres, trabajando, cantaban. Cantaban y contaban. La madre, el padre, la vecina. Cantaban y contaban. La madre cantaba canciones románticas. El padre, contaba los cuentos tradicionales y fábulas en verso. La vecina, cuentos de cementerios y muertos que se metían de noche en las habitaciones reclamando su asadura. La escucha era placentera, aterradora a veces, siempre mágica. Después vino la lectura, regalo y privilegio: los cuentos de Editorial Tor, las revistas semanales. Qué mejor momento que el de, tirada sobre la cama o en algún rincón fresco del suelo, en el verano, entrar en esos mundos tan convincentes y más interesantes (creía entonces) que el llamado real?
El paso a la escritura no lo recuerdo como una determinación conciente sino como un deslizarse paulatino del deseo hacia la posibilidad. Cambiar la letra de alguna canción, imaginar un cuento. Una cierta prehistoria cerebral, sin acción.
Pero la pregunta trajo un recuerdo. Uno de esos que llevan muchas vidas flotando por los sitios de los que regresan por una ley ajena a la voluntad. Uno de los que te sorprenden porque, cierto o transformado, te dices: es un símbolo de lo que vino después. O, sólo he estado repitiéndome toda la vida.
Tendría siete u ocho años. Habían cortado la luz, así que estábamos iluminándonos con velas. No sé qué hacían los demás, mis padres y mi hermano, porque en el recuerdo yo estoy sola, en una habitación, arrodillada en el suelo y usando la cama como mesa. Y escribo, a la luz oscilante de una vela. Escribo un cuento donde hay una niña, una muñeca perdida (robada?) y un desenlace en el que, para salir de la adversidad de la pérdida, interviene una fuerza misteriosa que restituye el orden deseable. Esa fue la iniciación: una carilla de letra grande y desprolija. Y un gran placer por lo hecho.
Cada poema ha sido, y sigue siendo, comenzar. La difícil elección de las palabras, la búsqueda de esa música que se quiere recuperar del sueño. Libertad lúdica y vertiginosa. Ensimismamiento para el descenso al yo profundo. Pero siempre hay algo que se repite: Estoy sola, con la propicia luz de las invocaciones, entregada a una búsqueda imposible que las palabras asedian y remedan. En mi caso: la búsqueda de lo numinoso.
AC: Esto que decís de lo numinoso, sin embargo, es una percepción que se sitúa más allá del hecho lingüístico. ¿Cómo opera entonces tu escritura para poder transformar esa experiencia de lo numinoso en una forma literaria, en un poema? Porque me parece que ahí ya entran en juego decisiones plenamente literarias, como por ejemplo en tu poesía el uso del "tú". Te comento esto porque no sólo en tu poesía sino en tu respuesta anterior usás el "tú" en lugar del "vos". ¿Creés en la existencia de un lenguaje "ritual" que deba estar despegado del uso coloquial - o yendo más lejos, en una dicotomía del tipo sagrado/profano en términos de lenguaje literario?
MRM: Volveré a la pregunta, pero primero quiero apartar de ella el tema del vos/tú, que tiene una explicación independiente de ideologías. El uso del tú, en mí, es la continuidad del lenguaje originario (lengua madre) con el que entre al mundo de la palabra, y del sentido. En mis primeros cinco años la forma exclusiva era el tú; luego lo siguió siendo tanto en el orden familiar como en el escolar. Ahora ha cambiado, pero en los años en los que cursé mis estudios primarios, secundarios y terciarios, el tú regía como norma, sobre todo para el aprendizaje de la gramática y para las presentaciones escritas. Siempre me he hablado a mi misma de tú. Y así también les sigo hablando a mis muertos.
La verdadera ecuanimidad es, creo, respetar las propias diferencias idiosincrásicas, en tanto sean inocuas. Lo ideológico sería querer forzar mi escritura a un vos que no siento como propio. Natural y espontáneo en otros, en mi no lo sería.
Vamos, ahora, a lo numinoso.
En principio, lo que se sitúa más allá del lenguaje, también nos ha llegado a través de él. Todo preguntar es un preguntar desde el lenguaje, él instala y posibilita la pregunta, y la posibilidad de la respuesta. Tampoco creo en la dicotomía de una lengua sagrada frente a una lengua profana. Sí, en el sentido que Heidegger o Marcel marcan, creo que al hombre le es dado hacer un uso banal o auténtico del lenguaje. De hecho, parece que no podemos dejar de transitar por ambos. Salvo en la santidad del silencio. Cuando éste es santidad. Pero nada es banal si nosotros no lo banalizamos.
No creo tampoco en las palabras prestigiosas. Todas las palabras, todas, vehiculizan la posibilidad de la búsqueda, y de la creación estética.
Pero el lenguaje, como todo lo otro, es numinoso.
Y pienso lo numinoso no como la presencia de una divinidad, trascendente o inmanente, sino como el misterio pavoroso al que se enfrenta el ser humano por el hecho de serlo. La actitud que me pone en correlación es la permanencia en el asombro y la extrañeza del estar.
Entonces, el intento del poema (por qué del poema?) consiste en la atenta escucha del misterio. El inútil pero irrenunciable esfuerzo de enlazarlo y traerlo hasta el lenguaje. La restitución del sentido numinoso de la palabra
AC: Como vos preguntabas, quedan por levantar las cuestiones de "por qué el poema?"; es decir, no solamente el acto de intentar comunicar esa experiencia abismal, sino de hacerlo por medio de un lenguaje determinado, que posee una tradición propia. De alguna manera, en cada texto, lo numinoso "encarna" de un modo particular. Al mismo tiempo, vos venís trabajando hace años con talleres literarios, lo que supone un análisis probablemente más estructural de los textos, donde la magia de la contemplación también deja paso a una agenda de debates formales, es decir, donde esa búsqueda del equilibrio está sistematizada. ¿Sentís que eso opera conscientemente a la hora de escribir, es decir, que puede haber un "oficio" que obre facilitando el poema como un saber productivo y, por lo tanto, en detrimento de la experiencia de lo numinoso?
MRM: Claro, creo que la pregunta ha sido soslayada por un enfoque que apunta a una particular visión, y que, después de todo, como diría Alberto Girri desde su impecable dandysmo, “El motivo es el poema”.
Por qué el poema? Podría haber sido la pintura, la música, la ciencia, el zen…
Entonces, por qué el poema? Voy a caer en una petición de principio: el deseo creó la necesidad, la necesidad acució al deseo. Y así han continuado toda mi vida, generándose mutuamente. Claro, el poema ya estaba cuando yo llegué, para adherir hay que conocer, y de todo lo que fui descubriendo, fue lo que me envió una señal encantatoria: la expansión del plexo solar, la alegría propia del amor. “Esto es lo que me gusta, esto es lo que yo quiero”. El proceso, como ya te he dicho, fue: primero leer, después, tímidamente, emular. Sigue siéndolo.
Claro que el “poema” -en mí- fue cambiando, como todo. Desde las Rimas de Becquer hasta hoy ha recorrido un largo camino. Porque la otra pregunta implícita en este hacer es: qué es el poema? Algo que cambia, algo que permanece? Años atrás me encantaba repetir una frase de Sartre. “la prosa utiliza las palabras para expresar ideas, la poesía construye con ellas un objeto estético”, (Creo que está en “Lo imaginario”). Ahora prefiero recurrir a San Agustín y, parafraseándolo, decir: Cuando no me preguntan qué es el poema, lo sé. Cuando me lo preguntan, ya no lo sé. Tal vez porque hay conocimientos intuitivos que se niegan a ser racionalizados.
Pero vayamos a la última cuestión. La relación entre técnica y escritura. Mi padre me contaba un chiste sobre un niño que, llamado por el maestro a decir las tablas de multiplicar, le respondió: maestro, me acuerdo de la música pero no de la letra. Eso es para mí la técnica, una cierta música que me acompaña cuando escribo, de la que lo he olvidado todo, pero que se integró a la respiración. Mas que el análisis de los textos, es la lectura -no solo de los poetas, encuentro en la ciencia muchos elementos interesantes- lo que va acrecentando el caudal soterrado del que, seguramente, el yo estético va sacando sus materiales. Y siempre es inescrutable su procedimiento ya que no se trata de un proceso racional ni totalmente consciente. En mi caso, el poema no responde a una idea previa y clara en su tema y en su forma. Sí, hay un núcleo impulsor. Y el resto se va desplegando y mostrándose a mí, que soy su primera lectora. Lo numinoso somos, también, nosotros mismos.Lo que es seguro es que si comenzáramos nuevamente este diálogo, las respuestas serían otras. Ni mejores ni peores. Las asociaciones y los recursos, como en el poema, son, aunque finitos, inagotables. Me gusta pensar en los poemas como árboles, no hay, ni puede haber, dos iguales aun entre los de la misma especie. Y cada uno revela una forma única e irrepetible.
Gracias, Aníbal, por darme un espacio en tu blog -y no borrés esto, es mi derecho de entrevistada- donde encuentro siempre tan buenos poetas y tanta deferencia y cuidado en el trato hacia ellos y hacia sus obras.

"¿Sentís que eso opera conscientemente a la hora de escribir, es decir, que puede haber un "oficio" que obre facilitando el poema como un saber productivo y, por lo tanto, en detrimento de la experiencia de lo numinoso?"
ResponderSuprimirNunca he entendido esta dicotomía que plantea la pregunta. ¿Por qué los medios técnicos o el saber interpretar el "cómo está hecho" un poema tienen que estar opuesto al acto creador, sea este entendido en sentido "numinoso" o no? Yo no soy poeta, pero me parece que todo lo que sea conocimiento técnico puede ayudar a vehicular las ideas, que un mayor dominio de las posibilidades lingüísticas, del inventario de los recursos, tradicionales o no, podrá mejorar las posibilidades de expresar, de extraer y concretar unas ideas y plasmarlas mejor sobre el papel, o de multiplicar las posibilidades de hacer que la idea se materialice, que el sentimiento conste.
Y esto es así tanto en poesía como en otras artes, creo yo.
Incluso el tan denostado a veces análisis del texto puede ayudar, pienso yo, a ver cómo funciona el engranaje, de cara a desarrollar los propios textos y a hacerlos "eficaces" (si es que esto puede decirse así) en términos poéticos.
Bueno, esto es palabra de lectora ;-), vaya usted a saber lo que piensan los poetas ;-)!
María
Seguramente tiene que ver con lo que cada uno se propone al escribir: si uno tiene "un plan", y desea transmitir claramente una idea, y lo ha concebido de ese modo, probablemente la arquitectura del poema pueda plantearse de un modo racional sin que eso condicione la realización del texto. En otros casos, creo, hay escritores que tal vez producen mediante un cierto encantamiento, inspiración, intuición o como podamos llamarle. Y además, arriesgo, el coraje o la inconsciencia para traer al mundo un poema nuevo probablemente estén ligados, repito, en algunos casos, con la ilusión ingenua de estar aportando algo ligeramente distinto, personal, irrepetible. Poemas como árboles, parafraseando a la entrevistada. Esa rapto egoico tal vez permite el gesto de escribir un nuevo poema, y creer que es nuevo - y no sentirlo apenas como una mera recombinación de parámetros y fórmulas conocidas, aunque pueda, mediante su análisis, ser "visionado" de ese modo ;-)
ResponderSuprimirDicho de otro modo: hay en la escritura del poema, quizás, para algunos, una sorpresa permanente frente a lo que el poema va "trayendo", fuera de programa, que sólo funciona -en esos algunos casos, digo- si se produce "más rápido que" la capacidad de enteder lo que se está haciendo. Y parafraseando a Andrés Navarro, creo que se trata de esa imagen del bebé levantando un peso demasiado grande: si paro para reflexionar lo que estoy haciendo, sería incapaz de hacerlo.
Pero bueno, eso es apenas un modo de hacer...
;-)
Pero creo que incluso si el proceso creador va por sendas más intuitivas, la utilización de medios técnicos también puede estar más o menos automatizada, sin que se hable de "voy a utilizar conscientemetne ahora una metáfora", sino el mero utilizar recursos o formas que ya has visto, de las que hay un recuerdo inconsciente a base de haber leído mucho y saber cómo funcionan según qué resortes. Pienso, y lo digo desde la total ignorancia, que incluso la utilización de medios y estrategias técnicas puede haberse automatizados y combinarse con procedimientos más intuitivos.
ResponderSuprimirDe cualquier modo, y vuelvo a decir que hablo desde la ignorancia, me cuesta creer en automatismos reales, en intuiciones puras y duras. Puede haber una intuición, pero el mero hecho de llevar al papel requiere, lo queramos o no, una breve e inmediata reflexión. Y luego, además, están los procesos de reescritura, de corrección... no sé si es posible hablar de puras intuiciones. Si pones el árbol en papel, lo estás "domesticando" ya ab ovo, ;-).
María
Sí, claro que se van interiorizando recursos que has ido leyendo, y claro que el poema no surge out of the blue, pero me parece, como te digo, que en ciertos casos, apenas contás con unas, más que ideas, "nociones", unos vectores, y luego usás el oído para ir ajustando formalmente... Al menos, como te digo, es lo que me pasa a mí, aunque seguro que hay tantos métodos compositivos como personas que escriben... De hecho, al ajustar el texto normalmente percibo mejor que es lo que no me gusta, o me parece que no cuadra, que cuál sería el elemento que sí funcionaría allí... En ese sentido te digo que, al menos en mi caso, es un proceso bastante intuitivo...
ResponderSuprimirOtra cosa es decir: la intuición puede racionalizarse. Pero lo que me sucede es que me haría perder el momento en el que estoy entregado a algo que funciona, y que sucede un poco raramente, y que no suelo querer dejar que se escape ;-) que es el momento en que estás haciéndolo, escribiéndolo, desimpedidamente, sin pensar si sos capaz o no. Algo así.
a.-
Es decir, que el proceso de corrección o reescritura, en tu caso, no es demasiado importante, que tú prefieres ultimar el poema "en caliente", por así decirlo... ¿lo he entendido bien? ¿Es eso lo que tú has definido en alguna ocasión como "en vivo"?
ResponderSuprimirY, sin embargo, hay poetas que creo que conceden una importancia inmensa a las posteriores reescrituras, correcciones... en esos casos, pienso que incluso podría hablarse de dos fases equilibradas: el surgimiento del poema y sus posteriores correcciones o reescrituras, de modo que el poema final sea una especie de palimpsesto (mira que me gusta este palabro ;-).
Y luego, en la entrevista con MRM, veo que hay un aspecto que también es interesante. Me parece que la poeta se identifica plenamente con sus poemas, en el sentido de que el yo lírico de sus poemas es MRM. Es lo que yo entiendo como poesía en sentido de "literatura de no ficción", que para mí sería el estado ideal.
En otros casos, pienso que podemos partir de la creación de "yos líricos" ad hoc para cada poema, que no son identificables con la persona del poeta, con lo que podríamos hablar de "poesía de ficción". Me refiero a poemas en los que el yo lírico es un yo fictivo, donde el poeta se enmascara tras un personaje, una sensibilidad creada, fictiva, y el poeta le da una voz a esa identidad fictiva, que no es idéntica a la suya. ¿Se entiende lo que quiero decir?
María
Sentiende, sí. Dos cosas sobre ello: que el proceso de reescritura o corrección es importante también, y ahí puede intervenir en mayor medida alguna pericia técnica racionalizada, pero donde me parece que siempre está el núcleo del texto (hablo por mí) no es en ese pulir un detalle u otro, sino en la forma que asumió la nube al momento de su captura.
ResponderSuprimirLa segunda cosa que quiero decir, así solemnemente (¿?) es que entiendo perfectamente tu gusto por el poema donde el yo lírico se identifica con el autor. Solamente, en favor de la "poesía de ficción", quiero decir que para mí, en esos poemas, lo único que cambia es que el yo lírico se identifica con el niveles de sensibilidad del autor (o autora, claro) que forman parte de su ser también, pero que no están regularmente incluídos en lo que ese autor o autora cree que es su yo, en la autoimagen que tiene de sí. De dónde saldría esa ficción, sino de la propia sensibilidad de quien escribe? Por eso creo que la poesía de ficción, como la definís -a mí- me resulta tan interesante: porque trae a la superficie capas de sensibilidad que quien escribe no consigue asumir plenamente como propias de un modo operativo en su vida cotidiana. Digo, inevitable pensar en Pessoa al decir todo esto. Por ejemplo ;-)
Me parece muy interesante eso que dices... la "poesía de ficción" como modo de hacer aflorar sensibilidades encubiertas o incluso inconscientes.
ResponderSuprimirEl problema se plantea en que, si seguimos esta lógica,creo que, al menos en teoría, podría haber también, en algunos casos, un intento consciente de ficcionalizar, como ocurre en la novela, creo que, aunque sea prácticamente imposible para el lector saber si ése es el caso, puede que haya poemas que sean una creación "novelesca", donde el poeta pretenda recrear conscientemente una sensibilidad que le sea extraña, ajena... el poema como posibilidad de vivir otra vida, de ver desde otra perspectiva.
Digo, quizá esto sea posible, no lo sé. Yo prefiero, casi siempre, partir de un pacto de lectura en el que el yo lírico sea el propio poeta. Ése, para mí, es el pacto de lectura que debería caracterizar la poesía.
María
Pienso en cambio que el único pacto de lectura es que no haya pacto ;-) Dicho de otro modo: me interesa que el poema ponga en peligro su propio límite y el límite de cualquier pacto de lectura. Que indague qué es lo que ese pacto está excluyendo. Que traicione al autor y al lector. Que los ponga frente a sus propios prejuicios y necesidades de estabilidad. Que el poema no sea fuente de seguridad, sino de dudas. Que el lector no pueda encontrar garantías en el texto, que tenga que responsabilizarse por sus decisiones.
ResponderSuprimirAsí, a grandes rasgos ;-)
Pero creo que ya me he pasado del límite tolerable de hablar de mi propia poética en el post de una entrevista a otra poeta!
Cállome, entonces.
Bueno, bueno... leer una pieza literaria sin pacto...hmmm, no me parece posible ;-). El pacto puede ser el "todo vale", pero sin pacto, no sé, no sé...
ResponderSuprimirhmm, de todos modos, quizá lo importante radique en que el lector sea quien decida cómo quiere leer cada texto o a cada autor ad hoc. Cuando digo que para mí el pacto "yo lírico= poeta" es el que debería primar, en realidad estoy diciendo que es el que yo prefiero para mí, el pacto desde el que deseo leer en primera instancia el texto... a menos que haya algo en el mismo texto que me diga: ojo, aquí no me creo al yo lírico en clave del poeta... y entonces sí que te ves forzado a leer de otro modo. Pero en principio, siempre prefiero leer desde ese pacto. Pero pacto creo que siempre hay...;-)
Gracias, Aníbal, por tus respuestas...siempre es interesante contar con la opinión de un poeta, y como tú ya has dicho antes, maneras y modos de concebir el proceso hay tantas como poetas. No creo que pase nada por exponer tu poética en la entrevista de otra poeta...;-). Yo te lo agradezco, en cualquier caso y te dejo ya en paz
;-))!
Hasta otra, pues!
De nuevo, muchas gracias por la entrevista..;-)!
María
Entonces una última opinión, no como escritor, sino como lector: una escritura sin pacto con el lector, como por ejemplo las películas -muchas de ellas- de Goddard no establecen un pacto con el espectador. Así.
ResponderSuprimir;-))... realmente es así? ;-)))
ResponderSuprimirBuff, qué mal, al mencionar a Goddard, me acaban de dar ganas de volver a desempolvar algunas de sus pelis (y bien duras de ver que son algunas ;-), para ver si rebato esa "ausencia de pacto"...;-), joder, qué peligro tiene este blog jajaja!
María
¿Por cuál de ellas empezarías, para revisar la cuestión del pacto ;-)))?
ResponderSuprimirVenga, ahora sí que te dejo en paz... ;-), y de verdad, gracias por el food for thought! ;-)
María
Ahora que me acuerde, hay por ejemplo en "À bout de souffle" (que contrariamente a lo que uno podría pensar no quiere decir "Acerca del souflé") un momento en que. sin que venga a cuento de nada, Belmondo le habla al espectador. En "A band appart", la antológica escena del baile, en la que Goddard suspende en audio de la música para comentar los pensamientos de los tres personajes y, una que necesito volver a ver, pero que desde ya estoy seguro que debe servir como ejemplo es Pierrot le fou. Week-end pudo con mi paciencia, pero creo que también sirve como ejemplo y devería ver -quiero decir, "visionar", la chinoise, donde cantan un espléndido "mao mao" ;-)
ResponderSuprimirUff, cuánto tiempo: "À bout de souffle" (qué grande esa traducción alternativa del título ;-)) y "Pierrot le fou"... creo que intentaré hacerme con éstas a ver qué pasa. Creo que Week-end paso de intentar "visionarla" ;-) (he escuchado otra palabra de esta calaña que me ha encantado: "vivenciar", qué grande!!! ;-), si tú no has podido con ella.
ResponderSuprimirEn fin, puede que, si consigo verlas, retome por estos pagos en algún momento el tema del pacto o su ausencia ;-)... jajaja!
María
Dale. Más acá, pasa con algunas de Jarmusch (no con Stranger, pero por ejemplo con Dead Man y con la flojita El límite del control) pero en menor medida: en Jarmusch lo que funciona, me parece, es la inestabilidad del género. Pensarlo así: hasta qué punto puedo preveer o circunscribir los eventos que pueden tener lugar dentro este poema / esta película, etc? Si el "yo" siempre es ficcional es tan previsible -y entonces rápidamente se genera un pacto estable- como si no lo es. Pero si "yo" a veces hace alusión a mí, y otras a un personaje ficticio y otras al amanecer y otras a una ausencia -por decir algo- entonces hay una cierta cualidad, que hace que el lector deba participar activamente en la decisión sobre el sentido, y correr riesgos - toda vez que "yo" no será siempre lo mismo en los escritos de un poeta x. La capacidad de que un lector suponga que avanza con pistas firmes y pueda ser "decepcionado" permanentemente en la reconstrucción del sentido, siguiendo las analogías cinematográficas, es algo que explota maravillosamente otro que el único pacto que tiene con su público es el de engañarlo siempre: David Lynch. Y por hoy cerramos la redacción!
ResponderSuprimirGracias, María!
a.-
A ti, Aníbal, de verdad... ;-)!
ResponderSuprimirAhora releo la entrevista a MRM y cómo la percibí en su momento... y me sorprendo por la cantidad de cosas que me dejé en el tintero, mi atención focalizada en ciertos aspectos que en estos momentos me interesan mucho menos.
ResponderSuprimirLa primera respuesta de la poeta es maravillosa, es casi el poema que más me ha gustado de esta serie, te deja el corazón encogido, de alegría, de misterio... "La escucha era placentera, aterradora a veces, siempre mágica."
Pero lo que venía buscando al volver a esta entrevista lo encuentro aquí:
"Sí, en el sentido que Heidegger o Marcel marcan, creo que al hombre le es dado hacer un uso banal o auténtico del lenguaje. De hecho, parece que no podemos dejar de transitar por ambos. Salvo en la santidad del silencio. Cuando éste es santidad. Pero nada es banal si nosotros no lo banalizamos. [...] "La restitución del sentido numinoso de la palabra."
Hace bien leerlo, me hace bien.
Son importantes las entrevistas, Aníbal, lo son de verdad.
María
Qué bueno, María, me alegra mucho porque justamente ahora estoy por postar una ;-)
ResponderSuprimira.-
Bla, bla, bla.................................
ResponderSuprimir