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lunes, 20 de enero de 2014

OPERATIVO (VÍCTOR SOSA)

¿Elefante o marfil en el Congreso? Se optó por elefante, en miniatura. Entonces se apostaron sobre los más altos edificios con lupas telescópicas, con láser, con defensiva catapulta quántica, y aguardaron, entre los abrevaderos, el crepúsculo. Pero ni mu de fauna o paquidermo. Un Mercedes —con placas de Nevada— fue visto en la alborada; luego, nada. Ni un mirlo, ni un delfín y ni una mosca. La tropa de elite de más en más perdía su osadía, su coherente haz de luz se disipaba, sudando en las tanquetas, jugando al Go de día, vasodilatándose con el beisbol (en Iphone) por la noche. Un raro gel de vidrio envolvía en domo al gran acuario, pero ni una escama se movía. —Triquiñuela enemiga— farfulló el comandante, mientras revisaba la caducidad (vence 2022) de los supositorios. Inteligencia artificial aún no había, salvo la del ajolote mantenido en conserva que se activaría en caso de súbito derrame. Poluciones nocturnas propinaba la sidra. El toqueteo por debajo de los cuarzos no se hizo esperar. Hombres curtidos por las anacondas, por los búfalos, ahora ruborizados antes las estampitas Uyiko-e (Treinta y seis vistas del Monte Fuji, de Hokusai) ventilando kimonos debajo de paracaídas y cananas. Para no inseminar la concupiscencia, la Santa Sede envió a los Niños Cantores, pero los villancicos estresaron a la tropa. Laborterapia y zanjas keynesianas —propuso un senador— y las porristas agitaron sus pompones. Beijing veía en las Trece Colonias a un competidor (sobre todo en Taekwondo) tenaz, mas tendencioso. Sin parque y ya sin asma emocional, repatriaron soldados al tejido social. Las bioquímicas armas —tan sólo disuasivas— dormían sueños de gloria no obtenidos. Al fin la realpolitik prosperó derogando esas leyes de sesgo feminista: el no justificado veto al tofu, la implantación mamaria obligatoria y los tan draconianos aranceles a las más delicadas porcelanas de Tang.


Imágenes alusivas al accidente en marcha

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domingo, 24 de abril de 2011

EL CONCIERTO (LEO MASLÍAH)

 
Era un concierto de música culta
y renacían las fuerzas ocultas
de los antiguos maestros geniales,
de los eternos, de los inmortales.

Era un concierto, era el goce más fino,
era un contacto con algo divino.
Era solemne, era casi sagrado,
era un placer de lo más elevado.

Flautas, violines, trompetas, platillos,
sonaban entre corbatas, anillos,
entre bolsillos rellenos de plata,
entre las llaves de algún cola chata.

Entre collares, pelucas, colgantes,
entre tapados de piel, entre guantes;
entre abogados y algún escribano
y dos o tres profesoras de piano.

La gente oía con mucho entusiasmo:
estaban todos al borde del pasmo.
Es que la música seria, la fina,
le pone a uno la piel de gallina.

Era profundo, era algo sublime.
Decime vos, si no es cierto, decime,
si el director a pesar de ser joven
no era la imagen del propio Beethoven.

Era el edén para los que asistían:
sonaba justo como ellos querían,
sonaba tan culto, tan elevado,
que tuvo un triste fatal resultado.

Porque de a poco la gente ascendía
bajo el efecto del arte, subía.
Iban en busca quizás de la altura
correspondiente a esa música pura.

Y las butacas quedaron vacías:
toda la gente subía y subía,
siempre más alto en el aire tomado
por aquel arte supremo elevado.

Mientras la orquesta seguía tocando,
toda la gente se iba estrellando
casi a la vez la cabeza en el techo,
quedaban todos los cráneos deshechos.

Y por la fuerza de los cabezazos
se fue cayendo el teatro a pedazos.
Toda la orquesta quedó sepultada,
quedó enterrada, quedó mutilada.

Y los oyentes seguían sin pausa
subiendo, pero ya por otra causa:
ya no era el arte que los elevaba,
era la Muerte que se los llevaba.