domingo, 5 de julio de 2009

LA MUERTE DE NDUBUISI


El día que se llevaron a Ndubuisi yo estaba preocupado

con mi drive, con la falta
o el exceso de efecto al impactar la bola. Igual escuché
el sonido de las puertas del ascensor, y después
los tipos arrastrando la bolsa como en las películas: era gris,
y tenía una cremallera todo a lo largo. Giré la cabeza, y me quedé mirando
lo que es la pared del escritorio, los dos agujeros inútiles
que alguna vez habrían servido para sostener algo, y ahora
eran sólo dos diminutos círculos negros perdiéndose
en la profundidad del muro del hostal, un cartel
de prohibido fumar, el almanaque
con el logo de un banco, hasta que desaparecieron
por la puerta de calle. Todavía quedaron

un par de Mossos
vestidos de paisano, cuya arrogancia

difuminaba agradablemente el sentido trágico
de la muerte de
Cristian. No creo que nadie

sepa
o entienda nada; o sólo Nicolau,
que pocos días más tarde estuvo a cargo del arreglo
del cuarto: las bolsas repletas de papel
de periódico, el invencible olor a vinagre, el óxido
de las griferías, el café lanzado desde la ventana, todo eso
que como los agujeros en mi pared, también habrá servido
para sostener algo, a alguien; y que ahora
resultaba remoto, incomprensible, tan inútil

como un círculo negro.-




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