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miércoles, 30 de noviembre de 2011

EL QUE VUELVE (MIQUEL MARTÍ I POL)




No emprenderé ningún viaje. Meditativo
y tal vez decepcionado, haré el esfuerzo
de mantenerme erguido, aunque los vientos
no me sean favorables, para poder
transmitir confianza, ya que los tiempos
son ciertamente difíciles y nadie
está legitimado para evadirse.
Inmóvil y silencioso, trataré
de no permitirme desfallecer
y me haré nuevos agujeros en el cinturón
por si hace falta vivir tiempos todavía más duros.
Seré el que vuelve cuando todos se van,
y empeñando si es necesario lo poco
que aún me queda, dejaré que los años
condimenten mi carne para que florezca
cuando haya de florecer, sin vergüenza.



martes, 29 de noviembre de 2011

EL FESTÍN (MIQUEL MARTÍ I POL)





Todo lo que me queda del festín es un gusto
voluptuoso por el riesgo, y la pereza
de tantos errores y de tantas renuncias,
un espejo empañado que no deforma
las imágenes, pero enturbia
los contornos y borra las aristas.
Después todo han sido comidas de lobos
inconsistentes y compulsivas, propuestas
sin ductilidad, arañazos brevísimos
que siempre me han devuelto a la nostalgia
del festín compartido que aún me tienta.
Y qué puedo hacer con tantos recuerdos inútiles?
Dentro de años, tal vez algún exégeta
minucioso examinará con lupa
lo que ahora escribo y establecerá las bases
de una tesis exultante y vitalista:
no sería algo nuevo, visto el gran vacío
falazmente amoroso que me va tragando.
Yo, donde sea que esté, sonreiré
bondadoso, mirando que la mueca,
inevitable, claro, resulte al menos
mínimamente discreta y presentable.





lunes, 28 de noviembre de 2011

PLAYA DESIERTA (MIQUEL MARTÍ I POL)





La vastedad del mar ahora es sólo
una referencia. Por la arena
todavía debe haber rastros de pasos.
Tantos yendo y viniendo crean un confuso
y vago esgrafiado en la memoria.
Pero recuerdo con nitidez
casi obsesiva los juegos de una pareja.
La chica de pechos desnudos marcaba el ritmo
dulcemente agresiva, manos y labios
buscaban al compañero y lo incitaban
sin ninguna insolencia, con la tranquila
cadencia de los sentidos que se manifiestan
a flor de piel, impúdicos, complacientes.
La amable pelea duró un buen rato
y ahora de todo aquello sólo me queda
una discreta y muy remota envidia,
la sombra tal vez de un mundo perdido para siempre
y el gusto morboso, tozudamente furtivo,
de aceptar el oscuro embrujo de lo poco que resta para mí.