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viernes, 21 de diciembre de 2012

DEUTERONOMIO (ROBERT BRINGHURST)


La zarza. Sí. Ardió como dijeron,
encendida como un roble en octubre —salvo
que no existía octubre en Egipto.  Las voces
vinieron hasta mí y me pidieron que me quitara los zapatos,
y así lo hice. Ese desierto está lleno de zapatos de hombre.
Y la llama gritó Soy lo que soy.
Soy lo que sea que soy,
y nada puede pero algo debe ser hecho
al respecto. Si alguien
preguntase, todo lo que puedes decir es: Yo mismo me he enviado.

Fui, pero llevé a mi hermano para que hablara
él, y yo me ocupé de los trucos — el Nilo
lleno de tripas de peces y ranas, el aire opaco
y apretado como una costra, el granizo candente,
y erupciones, y chinches, y cuando nada funcionó como debía
los matamos y huimos. Les robamos cada
maldita cosa que pudimos pillar y cargar
y llevarnos, y cruzamos el pantano en bajamar
con el viento a favor, y nos adentramos en el desierto. Los animales
murieron, por supuesto, pero nosotros continuamos andando.

Abrahán subió tranquilo. Nosotros tomamos
la ruta ignorada y comimos escarcha y usamos
un volcán como compás. Yo no tenía ningún plan.
Fuimos hacia las montañas. Siempre había querido
morir en las montañas, no en aquel delta.
Ni tampoco en un bote, de noche, en las aguas crecidas.
Viajamos sobre piedras muertas, bebimos agua muerta,
y la escarcha no era exactamente escarcha.
Se quejaban de que sabía a cilantro,
pero no hay dos hombres que estén de acuerdo sobre el sabor
del cilantro. De todos modos,
la comíamos, y de vez en cuando cazamos codornices.

Hombres y semi-hombres y mujeres, caminábamos
lentamente por esas colinas que explotaban
en laberintos de escoria. El aire nos lamía
como una lengua caliente, retorciéndose y agitándose y balbuceando
a través del humo como hombres sofocándose o ahogándose, diciendo
Ojo por ojo, y en ciertas ocasiones
dos ojos por un ojo. O bien me modelas
en aire fino o bien en palabras que no han sido escritas, pero no en madera,
ni en metal. Huí del metal cuando el metal
golpeó el molde. No me convertirás en imagen alguna
que no se mueva cuando yo me mueva, y se mueva
con mi soltura. ¡Moisés! ¡Sube!

Fui, pero me puse los zapatos y llevé un odre.
Escalé todo el día, con el polvo abriendo agujeros
en mi abrigo, y asfixiándome, y las rocas cocinándome.
Lo que encontré fueron un par de piedras planas
con marcas como si la montaña hubiese escrito en ellas.
Estuve allí durante una semana, esforzándome en enfriarlas,
hambriento y sudando e incapaz de entenderlas,
y al bajar, caí, y las dos se rompieron.
Encima de todo, allí abajo los encontré a todos babeándose
con las estatuillas baratas de Aarón, y a Aarón desternillándose.

Volví a subir a buscar nuevas piedras
y las voces se me abalanzaron esa vez y me arrojaron
allí sobre las rocas y me dijeron que podía verlas.
Tenían razón. Las podía ver. Estaba de pie justo detrás de ellas
y las vi. Vi la parte de dentro de las máscaras,
y lo que vi es lo que siempre he visto.
Vi el fuego, y crecía y se extendía
sin acercarse a mí. Vi nada,
y se expandía a mi alrededor.
Cogí dos piedras planas y las grabé
para que dijeran lo que me pareció que dos piedras
debían decir, y las llevé hasta abajo sin dejarlas caer.

Las ampollas deben haber doblado mi tamaño, y Aarón dijo
que casi resplandecía en la oscuridad cuando bajé.
Así y todo, me pareció que estaba ejecutando mis trucos
más seguido que en Egipto. Tuve que hacerlo,
para contenerlos. Había que llevarlos a una nueva tierra,
y todos estaban llenos de refranes idiotas e ideas disparatadas
acerca de los rumbos. Aarón y yo
les gritábamos día tras día, y a pesar de eso
murieron. Algunos de debilidad, es cierto, pero muchos otros
murieron por ser fuertes. Los niños aguantaron lo más
que pudieron, que era lo único que habían aprendido —pero sin
saber qué hacer con un arado, sin
saber qué es un río. ¿Qué hubieran podido hacer
si llegaban allí? ¿Cómo hubieran podido saber siquiera qué desear?
Les había prometido tierras de pastoreo, manzanos, cedros,
cascadas, nieve en los montes, pozos de agua
dulce en lugar de aquellos arroyos, uvas salvajes...

Palabras. Y sea cual sea el modo en que las digo, sólo palabras.
Ya no sé ni porqué las digo, aunque
a los niños les guste oírlas. Vienen cuando los llamo
y sus ojos brillan, pero la luz que tienen está vacía.
Es demasiado clara. Contiene, solamente, esa claridad.
Pero vienen cuando los llamo. En un tiempo les cantaba
una canción sobre un águila y una piedra, y cada vez
que la cantaba, de algún modo parecía que la canción hubiera cambiado
y las palabras se desvanecían a la luz del sol. Ya no recuerdo
la canción, pero recuerdo
que la cantaba, y la canción era la ley, y la ley
era la canción. La ley es una canción, estoy seguro...
Y trepé hasta la cima de este despeñadero. Dijeron
que podría ver la tierra nueva
si me sentaba aquí, y creo que es así, pero mis ojos
ya no son tan fuertes, y yo ya estoy cansado de mirar.



.

jueves, 13 de diciembre de 2012

LA BELLEZA DE LAS ARMAS (ROBERT BRINGHURST)






El-Arish, 1967

Un hombre de brazos largos puede
cargar el arma automática
de nueve milímetros
colgada sobre su hombro derecho.

Con la culata recortada
atrapada por el codo
erguido, el gatillo
le cae exactamente en la mano.

Recuerdo estas cosas
y la junta de la pistola de una gasolinera cortada
de una de las innumerables máscaras antigás
en los basurales al costado de la carretera.

Traigo de regreso un manuscrito recogido
cerca de camiones incinerados
y notas añadidas cerca
de los controles automáticos de pistas.

Frutos de la excavación.
Esta es nuestra arqueología.
Cavar en los escombros
de una civilización de seis semanas.

El papel está arrugado y quebradizo
por las piedras secas y el clima.
La lengua árabe es quebradiza
cuando los estudiantes se exponen por primera vez

a la tecnología y la velocidad de la guerra aérea.
Es ridículo decir algo así, pero
surge la idea
de que Descartes estaría satisfecho:

el cálculo es el lenguaje
de las últimas disputas
palestinas
en el campo de la teología.

El sentimiento de satisfacción
por el rápido cruce
de las armas antiaéreas
no está en las notas.

Yace, latente y frío
en el acero, como la intrincada
matemática
encarna en el radar:

las antenas de metal curvo
como la tienda de campaña de un soldado
barren el cielo
vacío y el horizonte estéril,

el acimut y la elevación,
barren el aire vacío
en una abstracción desnuda
que conduce a las armas.

La señal sigue rotando hasta que
vuela sobre el labio como
ligero vino blanco cayendo
de un cacillo de campaña.

De un modo invisible, el mecanismo canta.
Canta. Canta como una flauta de seis toneladas:
este, oeste, siempre la misma
nota atascada en la garganta sin remaches.

Y sin embargo, la canción es intrincada
como una composición de Varèse,
y,  por el momento, aún
más hermosa, porque,

para nosotros, es más mortífera.
Y por lo tanto más pura, más
privada, más familiar,
más inmediatamente temida, o deseada:

una belleza oscura con un brillo de acero,
atrapada en la mirada alerta
de la mente y derrumbada
por una prolongación de la mano.


martes, 27 de diciembre de 2011

LO QUE LOS JAPONESES TALVEZ HAYAN OÍDO DECIR (RACHEL ROSE)


Talvez hayan oído decir que no los entendemos
muy bien. Talvez eso les haya

Gustado. Talvez hayan oído decir que disparamos
a los estudiantes japoneses que tocan la campanilla errada

En Haloween. Que disparamos
a la más mínima provocación: una nota baja

En el examen, una discusión amorosa
un exceso de culpa. Talvez se preguntaran

Si fue culpa lo que sentimos al ver a aquel estudiante
sangrando entre nuestros flamengos de jardín,

O algo reconocible para ellos,
algo como el pesar. Talvez

Hayan oído decir que nuestra cultura
tiene sus raíces en la inmigración desesperada

Y en hombres solitarios. Talvez hayan observado
nuestra habilidad para producir serial killers,

Que valoramos una dentadura sana más 
que una mente sana y que nos tenemos fiestas

Para recordar a nuestros muertos. Talvez hayan oído decir 
que nuestros lagos grises son lo bastante profundos como para tragarse ciudades,

Que nuestro paisaje es una vastedad de trigo y soledad.
Talvez se pregunten si, cuando el pesar

Envuelve con sus brazos húmedos Montana, no preferiríamos
la comunidad de archipiélagos

Sobre la que se cultiva el caqui
y cuyas piedras sueltan sus dedos negros

En la neblina. Talvez en sus ábacos resuene
la forma que toma el pesar,

Una isla
sangrando sobre otra,

Y para nosotros el pesar es un campo infinito de maíz
suavizado y cultivado con veneno.









lunes, 26 de diciembre de 2011

LO QUE OÍMOS DECIR SOBRE LOS JAPONESES (RACHEL ROSE)


Oímos decir que serían capaces de saltar de un edificio
a la menor provocación: una nota baja

En el examen, una discusión amorosa
o vergüenza en exceso.

Oímos decir que estaban movidos por la vergüenza,
no por la culpa. Que

Adoraban todo lo que fuera americano.
Desconfiaban de todo lo extranjero.

Oímos decir que a los hombres les gustaba comprar
ropa interior de colegiala

Y que sus mujeres
no tenían la menopausia ni ningún otro tipo

De histeria occidental. Oímos decir
que todavía prefieren amamantar,

Usar pañuelos de tela, andar en bicicleta,
y vestir a los jóvenes como Alumnos

Victorianos. Oímos decir que su cultura
era femenina. Oímos decir

Que el de ellos era un ejemplo extremo
de patriarcado. Que la violación

No existía en aquellas islas. Oímos decir
que sus casamientos estaban arreglados, que ellos

No creían en el amor. Oímos decir que
eran expertos en ese arte por encima de cualquier otro.

Que los terremotos frecuentes generaban inseguridad
y falta de fe. Que carecían del sentido de la ironía.

Oímos decir que incluso la fe era un invento americano.
Oímos decir que debajo de su piel eran como nosotros.



lunes, 28 de febrero de 2011

KING LEAR DURANTE EL RELEVO DE SUS HIJAS (MARGARET ATWOOD)

Las hijas tienen sus fiestas.
Quién puede aguantar?
Lo han dejado en una silla
de la que no puede salir
en toda esta nieve, o probablemente
papel de pared. Sobre ruedas en algún lugar.
Él va a tener que ser astuto y cabezadura
y no revelarlo.

La mano de otro hombre
saliendo de una manga de tweed que no es 
la de él se curva en su rodilla. Él la puede mover con la otra
mano. Aullar estaría fuera de lugar.

Quién sabe qué sabe él?
Muchas cosas, pero donde él está
no está entre esas cosas. Cómo ha sido posible
esta cueva, este choza?
Tal vez sea mediodía y tal vez no.

El tiempo es otro elemento
en el que nunca pensás
hasta que se va.
Cosas como techos, o el aire.

Alguien viene a cepillarle
el pelo, empujarlo en su silla para que tome el té.
Mujeres viejas se reúnen a su alrededor
con su perlas y vestidos de flores. Quieren coquetear con él.
Un viejo es algo raro.
Es un héroe sólo por estar acá.

Se ríen. Desaparecen
detrás de las espinas de los arbustos
en flor, o probablemente de un sofá.
Ahora lo dejan solo
con la televisión prendida
en el programa del tiempo, con el sonido bajo.

Una ráfaga fría barre
el campo baldío de este atardecer.
Tiene lugar la furia,
seguida de la cena:
algo que él no puede probar,
una textura marrón.

El sol se pone. Los árboles se curvan,
se levantan. Se curvan.

A las ocho llega la hija menor.
Toma su mano.
Le pregunta, Te dieron de comer?
Él le dice que no.
Él le dice, Sacame de acá.
Le gustaría mucho decir por favor,
pero no lo dice.

Después de una pausa, ella dice-
él la oye decir-
Te quiero como a la sal.



[Traducción Mònica Miravet y Aníbal Cristobo]


 

domingo, 27 de febrero de 2011

LA CANCIÓN DE LA RATA (MARGARET ATWOOD)

Cuando me oís cantar
bajás el rifle
y la linterna, apuntándole a mi cerebro
pero siempre le errás

y cuando ponés veneno
yo lo meo
para avisarle a las otras.

Pensás: Ésta es demasiado inteligente,
es peligrosa, porque
no me quedo ahí para que me masacres
y también pensás que soy fea
a pesar de mi pelo y de mis dientes hermosos
y de mis seis pezones, y mi cola de serpiente.
Todo lo que quiero es amor, estúpido
humanista. Fijate si podés entenderlo.

Es verdad, soy un parásito, vivo de lo que vos
desechás, cartílagos y grasa rancia
agarro sin pedir
y hago mis nidos en tus armarios
entre tus trajes y tus calzoncillos.
Vos harías lo mismo si pudieras,

si te permitieras compartir
mi odio cristalino.
Es tu garganta lo que quiero, a mi compañero
atrapado en tu garganta.
Aunque trates de ahogarlo
con tu voz grasosa de persona,
él está escondido / entre tus sílabas
lo puedo oír cantar.


sábado, 26 de febrero de 2011

EL ESCENARIO SE DIRIGE AL COWBOY (MARGARET ATWOOD)

Cowboy estelar
yéndote despacio del Oeste algo
bobo, en tu cara
una sonrisa de porcelana,
arrastrando con un hilo un cactus
de papel maché con ruedas detrás tuyo,

sos tan inocente como una bañera
repleta de balas.

Tus ojos honrados, tus lacónicos
dedos de gatillo
pueblan las calles de villanos:
te vas moviendo, y en el aire frente a vos
florecen blancos

y dejás a tu paso una huella
heroica de desolación:
botellas de cerveza
masacradas al lado
de la ruta, cráneos de
pájaros blanqueándose al atardecer.

Yo debería estar observando
desde atrás de un acantilado o una vitrina de cartón
cuando empiezan los tiros, aplaudiendo
con admiración,

pero estoy en alguna otra parte.

Y qué pasa conmigo

qué pasa con el yo
encarándote en la frontera
que estás siempre intentando cruzar?

Yo soy el horizonte
hacia el que cabalgás, eso que no podés atrapar
con el lazo

y soy también lo que te rodea:
mi cerebro
esparcido con tus
latas, huesos, cáscaras vacías,
la basura de tus invasiones.

Soy el espacio que vos profanás
cuando pasás por él.



viernes, 25 de febrero de 2011

MÁS Y MÁS (MARGARET ATWOOD)

Más y más frecuentemente mis bordes
se disuelven y me transformo 
en el deseo de asimilar el mundo, vos
incluido, de ser posible a través de la piel
como los trucos que hacen algunas plantas con el oxígeno
y vivir de una combustión verde inofensiva.

No iría a consumirte, 
o nunca
totalmente, vos todavía seguirías ahí
a mi alrededor, entero
como el aire.

Lamentablemente no tengo hojas.
En cambio tengo ojos
y dientes y otras cosas que no son verdes
y que hacen imposible la ósmosis.

Así que tené cuidado, de verdad,
el que avisa no es traidor:

Este tipo de hambre arrastra
todo hacia su propio 
espacio; ni siquiera nos deja
hablar del tema, tener una discusión
calma y racional.

No hay razón para eso, solamente
una lógica de perro hambriento acerca de los huesos.


jueves, 24 de febrero de 2011

ESTABA LEYENDO UN ARTÍCULO CIENTÍFICO (MARGARET ATWOOD)


Fotografiaron el cerebro
y acá está la fotografía, está llena de
ramas como siempre había sospechado,

cada vez que llegás la electricidad
de verte es un árbol
gigante cayendo por mi cráneo, con las raíces agitándose.

Es una Tierra, sus fibras envuelven
cosas sepultadas, las palabras que olvidaste
tienen su tumba en mi cabeza, una química prensil

e intrincada, roja azul y rosa
con venas como las nervaduras que conectan
una hoja, o será un paisaje marino
con corales y tentáculos brillantes.

Te toco, soy creada en vos
en algún lugar en forma de filamento
complejo o luz.

Te apoyás en mí y mi hombro carga

tu cráneo increíblemente
pesado, lleno de soles
radiantes, un planeta nuevo, los pueblos
sumergidos en vos, una civilización perdida
que no puedo excavar:

mis manos trazan los contornos de un universo
total, sus distintos
colores, olores, sus animales
aún no descubiertos, violentos o serenos

sus otros aires
sus garras

sus ríos del paraíso




miércoles, 23 de febrero de 2011

LA HORA (MARGARET ATWOOD)


Mejor bajá, dijo mi hermano.
Es la hora. Reconozco a la muerte cuando la veo.
Tiene un estilo propio.

El olor dulce y grave de los hospitales,
meadas rancias y desinfectante,
y talco para bebés.

La enfermera dijo, Alguien estuvo
afuera? Yo dije, Yo.
Ah, dijo. Esperaron. Generalmente es así.

Mi hermana dijo, Yo le di
la mano. Él hizo un gesto
como cuando te sacan una venda,

frunció el ceño. Mi madre dijo,
necesito estar un rato
con él. No mucho. A solas.



martes, 22 de febrero de 2011

SUEÑOS DE ANIMALES (MARGARET ATWOOD)


Generalmente los animales sueñan
con otros animales               cada uno
según su tipo

                        (aunque ciertos ratones y roedores pequeños
                         tienen pesadillas con una forma inmensa
                         y rosada con cinco garras descendiendo)

: los topos sueñan con la oscuridad y con olores
delicados de topo

las ranas sueñan con ranas
verdes y doradas
brillando como soles húmedos
entre los lirios

los peces de rayas
negras y rojas, con sus ojos abiertos
sueñan con rayas
negras y rojas           defensa, ataque, dibujos
elocuentes

los pájaros sueñan con territorios
delimitados por el canto

A veces los animales sueñan con el mal
bajo la forma del jabón y el metal
pero generalmente los animales sueñan
con otros animales.

Hay excepciones:

                        el zorro plateado del zoológico al borde del camino
                        sueña con cavar
                        y con bebés zorros de cuellos mordisqueados

                        el armadillo enjaulado
                        cerca de la estación
                        de trenes, que corre
                        haciendo ochos todo el día
                        golpeteando con sus patas de lechón,
                        no sueña más
                        y enloquece cuando se despierta;

                        la iguana
                        en la ventana de la tienda de animales de St. Catherine Street
                        encrestada, con ojos de monarca, dominando
su reino de bebedero y aserrín

sueña con aserrín.




miércoles, 5 de enero de 2011

MUERTE EN EL AGUA (ROBERT BRINGHURST)

.

No fue su rostro ni ningún
otro rostro lo que Narciso vio
en el agua. Fue la ausencia
de rostros. Fue la profunda claridad
de ese lago azul al que iba
regresando, y que iba regresando 
a él mientras él se acercaba, avanzando
hacía allí octubre tras octubre
y cada tarde,
yéndose de ese verano sin salida al mar,
de los brazos de su propia voz,
yéndose de sus palabras.

Fue su ojo, me podrías decir,
lo que vio allí, o 
la resonancia de su color.
Mejor aún, decí que fue 
lo que intentaba oír -el murmullo
apagado de una luz en el agua, no
el estrépito entre las rocas.

Lo mismo Li Po. Como nosotros -aunque
por el amor a escuchar 
nuestras voces, y el miedo a escuchar
lo que decimos en las voces de otros que vuelven
de la tierra, hablamos al mismo tiempo que escuchamos y miramos
hacia abajo, hacia los grandes lagos de aire azul viniendo hacia nosotros y decimos
que no hacen ruido, y que no
tienen rostros, y que cada uno 
tiene los ojos de otro.